29 jun. 2015

Sobre "Tamayo" de Textos que migran

Cuando el pensamiento es visible se llama acción,
cuando la acción es invisible se llama pensamiento”
Franz Tamayo, Proverbios



Encarar una imagen desde un lugar en que la historia persiste aún descoyuntada y ajena. Releer a Tamayo, acaso entenderlo, mostrarlo apenas en lo que trasluce y esconde la complejidad del personaje que nos ha dejado de herencia. Estas intuiciones rondando dos años, un tiempo prudente de textos leídos, de posturas contradictorias, de documentos atesorados, intraducibles a la escena… ¿o no tanto?
Tomar una decisión: ¿Quién es Tamayo para esta época, para esta obra, para esta estética? ¿Acaso ese orgulloso mestizo emergiendo de una vergüenza superada, esbozando al fin un proto-hombre boliviano? ¿El poeta de solemnidad trágica?¿El hombre inmóvil, ante la evidencia de que la historia lo ha pasado por encima? ¿El pensador que descubre las aristas de la realidad del arte, de la realidad de la vida? 
Elegir implica sesgar. Finalmente la decisión, tan arriesgada como certera, es responder a este Tamayo desde todas las entradas anteriores.
Se trata entonces de poner el pensamiento en escena y dar cuerpo a estos Tamayos hechos de ideas, de situaciones, de palabras impresas hace ya tanto. ¿Lo que los une? Una profunda masculinidad, complejizada en su oscilar entre lo fundacional basado en ideas categóricas y lo inevitablemente frágil de una situación incontrolable: 11 asesinatos que Tamayo ignoraba llegan a su conocimiento cuando ya no puede hacer nada al respecto.
El resultado es un Tamayo divido, en conflicto. Ante esto, como ante todo, se hace primordial la piedad; el postulado más importante a la hora en que Tamayo se manifiesta ante el pueblo boliviano, y el sentido más intenso de su más honda poesía. Hybris: el terror y la piedad son los móviles que desatan a este Tamayo en todos sus dobleces.
En escena, cuatro hombres le dan voz. Ninguno de ellos es un personaje consumado, ninguno se muestra por completo. Todo está coreografiado y dirigido hacia ese mismo punto: la escenografía opta por espejos y paneles transparentes, que dejan ver a medias a estos personajes, proyectan sombras, reflejan imágenes distorsionadas, a la vez oleaje de ese mar ausente y recorte de montañas evocadas.
No es extraño pues, que la estructura de la obra tome como base la Prometheida (que nace en el mar y muere en la montaña), obra definida por Tamayo como “tragedia lírica”:  acción traducida en poesía, subsumida en pensamiento, en música. A partir de ella se desanda el camino y, en la puesta en escena, el pensamiento se hace acción.


Se hace la música y nunca abandona el escenario: un sonido estático, continuo, se desarrolla a lo largo de la obra junto al texto y al ritmo de la propia poesía dicha y cantada. Fragmentos solitarios de melodías que apenas se sugieren, clusters cercanos a lo imperceptible, marcan la medida de un tiempo implacable e irreversible, que no se detiene ni se precipita. Tiene que ver con ese Tamayo incólume, que, en palabras del director “a la vez de brindar una explicación, justamente, elude hacerlo”. Imagen compleja, traducida en todos los estratos de la obra.


A través de las luces, el texto, el sonido y la escenografía, se esboza entonces la imagen de aquel Tamayo esquivo: el espectro, la muestra descarada de un ocultamiento que sobrepasa toda posibilidad de axioma, como una ironía que logra fundar al fin la imagen siempre desmembrada del ser boliviano. Acaso ahí, finalmente, se consuma el tan deseado destino trágico de este Tamayo transido de piedad, que intenta en vano ser escuchado, cuando lo que tiene por decir es precisamente aquel titánico silencio que lo habrá de definir en la historia.


Publicado en la  revista Piedra de Agua, Nº 11

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